Yo volaba en un avión
del que decidí saltar sin permiso,
invisiblemente ardiente entre los pájaros
que hablaban a mi alrededor
de tareas imposibles.
Ya en el aire,
y mientras seguían conversando,
fue para mi sorpresa
y en los detalles más ocultos
cuando falló el paracaídas,
que desconsoladamente,
quiso hacer el esfuerzo hablarme,
mirándome en el vacío
de un idioma desconocido.
Antes de llegar al suelo y
deformarme por completo,
ya había perdido el corazón.

